Prologo

LA CONSTRUCCIÓN

DE NUESTRO GRAN DESTINO

 Vivimos en una etapa muy singular de la experiencia humana en la Tierra, ya que al mismo tiempo que se agota una inmensa cantidad de premisas que fueron coherentes durante el siglo XX, emergen disyuntivas que podrían constituir los pilares de un siglo XXI espléndido o señalarían apenas un paulatino ciclo de descomposición social y fracaso individual, en todo el planeta.

 

No se trata apenas de una encrucijada para un pueblo, un país o un continente. La totalidad de nuestra especie se ve desafiada por turbulencias de todo tipo: ecológicas, financieras, políticas, generacionales, urbanas, sanitarias, teológicas, morales, psíquicas, sexuales, alimentarias… y mientras tanto los suelos, las aguas, el aire y la naturaleza en general sufren perturbaciones de todo tipo, poniendo en jaque a los grandes logros de la tecnología y la ciencia. El reciente cataclismo que desestabilizó la vida cotidiana en Japón ha sido apenas una fracción de eventos catastróficos que se repiten por doquier. Entretanto, miles de hombres, mujeres y niños mueren por falta de alimentos o por males que causa la desnutrición. Asimismo, los titulares periodísticos no dejan de recordarnos que abundan batallas bélicas endémicas con infinidad de víctimas civiles.

 

Este es un libro escrito y vivido por su autor en Argentina, nuestro país, que durante el siglo pasado fue escenario de dolorosas experiencias político-sociales y agudas crisis materiales. Y si bien sus habitantes celebraron en 2010 emotivamente el Bicentenario de su primer paso hacia una existencia autónoma como nación, resulta inocultable la presencia de una crisis recurrente que socava el ánimo popular y trastorna la gobernabilidad. En medio de tal torbellino, aunque de modo difuso, titila un anhelo de refundación, latitud donde algunos individuos todavía dispersos o desanimados laten fecundos augurios de un porvenir venturoso. “Hay varios paradigmas en ciernes”, nos dice Juan Báez bien al inicio de estas apasionadas páginas, donde se abstiene de efectuar vaticinios sombríos y, en cambio, declara que la meta de sus esfuerzos consiste en alcanzar “una felicidad duradera, un bienestar permanente y una serenidad constante”.

 

Lejos de conformismo y de las recetas milagrosas, el autor recorre el territorio de su sensibilidad nacida tierra adentro y durante la primera parte del volumen se asume como afirmador y promotor de pensamientos y acciones que no admiten claudicaciones ni fatalismos. Percibe que “vivir equivocados” es la actividad principal más común en casi todos los seres humanos, y consolida su ansia creativa y renovadora sosteniendo que “creer y esperar lo máximo, nos ayuda a crear. Así, siempre habrá juventud en nosotros.”

 

En la segunda parte del libro, Báez se aventura en un territorio mucho más complejo y desafiante: la realidad nacional. No necesita mencionar en detalle nombres y apellidos, lugares o momentos, pues la crisis moral que atraviesa nuestro país es suficientemente explícita. Y su meta principal no consiste en enjuiciar sino en incitar a los argentinos a hacer uso cabal de sus poderes naturales en términos de plenitud y justicia. Entonces nos dice que si queremos vivir mejor, tenemos que involucrarnos en algún grado con el tratamiento democrático de los asuntos públicos: “Si las necesidades básicas propias y de los terceros allegados, están cubiertas, llámese, trabajo, alimentación, vestido, seguridad social, transporte y educación, debería haber espacio para hacer algo para el mundo civil o público.”

A todas luces, la construcción individual y colectiva de ese algo surge página tras página con apasionadas ráfagas de inspiración a fin de cambiar los modelos mentales que nos rigen, desplazando la inseguridad y la violencia, y sin dejar de tener en cuenta que las ideas nobles se afianzan y realizan con nuestra decisiva participación. O en cambio, sucumben en el pantano de la impotencia colectiva. Aunque su visión se sitúa lejos de tal órbita tenebrosa. Su visión está impregnada de fervor y determinación. Y le basta un solo párrafo –entre muchos– para resumir el cúmulo de sus nobles intenciones:

“Estamos a media máquina y a mitad de camino. La gran mayoría sabe adonde queremos ir.  Aunque no se vea, se nota. Se escucha una cosa, se percibe otra. Nuestra clase media es la primera mayoría nacional y reconoce la diferencia entre lo que tiene calidad y lo que no. En esto estamos, rumbo a nuestro gran destino.”

Este libro se abre ante nosotros no como un monólogo omnipotente sino como un humilde y generoso convite al diálogo. Juan Báez conversa con el lector tratándolo como un eventual aliado en la compleja tarea futura de trascender la deformación de modos y cualidades que consagran las sociedades democráticas. Remarcando en todo instante que la responsabilidad individual construye la convivencia social.

Se trata de una obra elegantemente homeopática, que requiere ser absorbida en pequeñas dosis, dejando espacios de sedimentación para reflexionar y cargar las baterías imaginativas, a fin de retomar entonces la lectura, a cada paso más y más intensa. En una insólita travesía de descubrimiento, encendiendo antorchas de libertad.

Miguel Grinberg.